El encanto de l'Espluga del Francolí.
Sí, estamos de finales, con exámenes y proyectos hasta el cuello, pero nosotros no paramos. No, animación no es para quedarse quietos. El pasado 7 de marzo cogimos un autobús y nos plantamos en l'Espluga del Francolí. El frío era tal que no sabía si estábamos en la Conca del Barberá o el señor conductor nos había dejado en la parada 54 del Polo Norte, pero un par de cafelitos en la cafetería más próxima nos ayudaron a entrar en calor.
Hechas las ceremonias de tertulia y marujeo, nos encaminamos hacia la Destilería La Fassina, donde nos explicaron cómo los trabajadores en su momento aguantaban unas largas jornadas en condiciones pésimas. La visita por las instalaciones fue asombrosa. La experiencia de comprobar de primera mano como eran las infraestructuras en las que trabajaban esos pobres y humildes hombres antaño fue un balde de agua fría que me hizo reflexionar lo mucho que costaba ganarse el pan de cada día para entonces.
Después tuvimos la oportunidad de probar lo que ahí se cocía. La explosión de sabores y colores fue real, pero nadie acabó alcoholizado en ese momento (no nos dio tiempo).
Parón y almuerzo, el Museo de la Vida Rural nos esperaba. Tras una genialísima visita guiada por la exposición temporal Dust Bowl llena de fotografías, escenificaciones, material de la época y material audiovisual como música o vídeos del momento, la siguiente parada fue recorrer el resto del museo casi a contrarreloj. Cuatro pisos más tarde, veinte mil fotografías hechas y explicaciones compartidas, nos dimos cuenta que necesitaríamos un día y medio para ver todos los rincones que el museo escondía. Desde herramientas, comida típica, demostración de los oficios tanto antiguos como modernizados, vestimenta, escenificación típica de los ambientes, herbolarios y vitrinas con pequeños animalones típicos a carrocería auténtica del momento.
Fue llegar al autobús y dejar al cerebro descansar, porque tanto material, tanto estímulo visual y tanta escalera que subir y bajar nos dejó casi sin energías.
Pero aseguro y pongo la mano en el fuego a que más de uno repetiría la salida ¡y de cabeza!
Ya llevamos muchas paraditas en este curso, y por lo visto se está acabando, pero tranquilos, no es la última.
¡Hasta la vista!
Hechas las ceremonias de tertulia y marujeo, nos encaminamos hacia la Destilería La Fassina, donde nos explicaron cómo los trabajadores en su momento aguantaban unas largas jornadas en condiciones pésimas. La visita por las instalaciones fue asombrosa. La experiencia de comprobar de primera mano como eran las infraestructuras en las que trabajaban esos pobres y humildes hombres antaño fue un balde de agua fría que me hizo reflexionar lo mucho que costaba ganarse el pan de cada día para entonces.
Después tuvimos la oportunidad de probar lo que ahí se cocía. La explosión de sabores y colores fue real, pero nadie acabó alcoholizado en ese momento (no nos dio tiempo).
Parón y almuerzo, el Museo de la Vida Rural nos esperaba. Tras una genialísima visita guiada por la exposición temporal Dust Bowl llena de fotografías, escenificaciones, material de la época y material audiovisual como música o vídeos del momento, la siguiente parada fue recorrer el resto del museo casi a contrarreloj. Cuatro pisos más tarde, veinte mil fotografías hechas y explicaciones compartidas, nos dimos cuenta que necesitaríamos un día y medio para ver todos los rincones que el museo escondía. Desde herramientas, comida típica, demostración de los oficios tanto antiguos como modernizados, vestimenta, escenificación típica de los ambientes, herbolarios y vitrinas con pequeños animalones típicos a carrocería auténtica del momento.
Fue llegar al autobús y dejar al cerebro descansar, porque tanto material, tanto estímulo visual y tanta escalera que subir y bajar nos dejó casi sin energías.
Pero aseguro y pongo la mano en el fuego a que más de uno repetiría la salida ¡y de cabeza!
Ya llevamos muchas paraditas en este curso, y por lo visto se está acabando, pero tranquilos, no es la última.
¡Hasta la vista!


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